Cierra los ojos y escucha lo que te voy a susurrar al oído. Por si acaso tuvieras alguna duda, te aclaro que soy todo un caballero, educado y amable, así que no tienes por qué desconfiar. Reconozco que, en ocasiones, soy un descarado, un sinvergüenza, un atrevido. Pero esto sólo ocurre a veces, en determinados momentos que me reservo para cuando...
Cierra los ojos y déjame que te cuente, déjame que te diga que... sí, aún hay tiempo, podemos ir al aeropuerto y subirnos a un avión que nos lleve lejos, a una playa recóndita, muy escondida de multitudes que nos puedan agobiar, una playa para nosotros solos.
Llegaremos cerca del crepúsculo, justo a tiempo para cenar algo. Conozco un restaurante desde el que podremos observar como el sol se oculta, entre las montañas, descendiendo lentamente, penetrando con sus últimos rayos entre las ramas de los árboles.
A la luz de unas velas, regaremos la cena con un buen caldo, un tinto, quizás un Marqués de Viernes Noche. Brindaremos mirándonos a los ojos, comunicándonos mucho más que con cualquier verso, estrofa o palabra. Mientras paladeamos algún manjar, recordaremos los buenos momentos. ¿Sabes? me encantará volver a escuchar el dulce sonido de tu voz, la melodía de tu risa. Y ver el brillo de tu mirada.
Poco a poco habrá ido oscureciendo, noche cerrada será cuando lleguemos a los postres. De fondo, alguna pieza clásica nos envolverá, sobresaliendo las notas del piano. Una música que te hará sentir relajada, feliz, contenta. Y con la luz de velas alzaremos nuestras copas para brindar otra vez por nosotros y por el paseo que daremos por la playa. Un paseo a caballo, aprovechando la luz de la luna llena, escuchando el rumor de las olas, como llegan una y otra vez a la orilla, una y otra vez, despacio, suavemente, sin prisa, perezosamente.
Cabalgaremos hasta una cala que conozco, una cala protegida por los arrecifes, allí tumbados en la arena observaremos la luna y las estrellas. Casiopea, la Osa Mayor, la Estrella Polar,... todas, todas brillarán por ti esa noche. Buscaremos alguna estrella fugaz a la que pedir un deseo, abrazados porque la brisa del mar, a esas horas, propicia que los cuerpos se acerquen para darse calor mutuamente.
Y podremos quedarnos toda la noche, los ojos mirándose, hablándose, susurrando al oído para no quebrar la paz que nos rodea.
Más tarde, al amanecer, después de ver como nace el sol sobre el horizonte, como el cielo se transforma, primero azul, luego anaranjado, regresaremos al hotel para desayunar y cambiarnos de ropa. Y sí, por supuesto, habré reservado habitaciones independientes, que yo soy todo un caballero, muy formal, muy serio.
Con el día podremos ir a una playa que casi nadie visita. Para entonces las olas ya se habrán despertado, y batirán la arena, llamándonos para ir a su encuentro.
Cuando regresemos a la arena, con la piel perlada por la gotas del mar, nos tumbaremos para que el sol vuelva a templar nuestros cuerpos. Y... ¿sabes?, pocas cosas hay que me gusten más que poder ver esas gotas de agua sobre tu piel, deslizándose lentamente, empujándose las unas a las otras, para coger más velocidad y bajar rápidamente por tus curvas, haciéndote cosquillitas.
De algunas gotas ya me haré cargo yo. Ya las recogeré con mis labios, dándote besitos, dulcemente, saboreándolas, deleitándome en cada gota, en cada poro de tu piel, secándote. Lo haré indistintamente, aquí y allá, según se vayan deslizando, sorprendiéndote, porque te pediré que cierres los ojos y que escuches el sonido de las olas mientras yo deslizo mis labios por tu cuerpo.
Recorreré tu cuello, mordisqueándolo, acariciándolo. Tumbada boca abajo te masajearé la nuca, para luego continuar dándote besitos por toda la espalda, descendiendo hasta tus caderas. Bajaré por tus piernas, y cuando haya terminado de secarte, empezaré a extender el bronceador empezando por los pies, masajeándolos, relajándolos. Después ascenderé por tus tobillos, esos que se suben en los tacones de aguja.
Con el aceite deslizaré mis dedos, poco a poco, en círculos, a veces presionando un poquito, lo justo, como si de un masaje relajante se tratara. Y a veces, sin apenas tocarte, para provocarte esas cosquillitas que te dan escalofríos.
Más arriba, llevaré los dedos hasta el interior de tus muslos, para extender bien el aceite, mientras me agacho y te doy besitos en la espalda. Así, entre la espalda y los muslos, provocándote sensaciones, aquí y allá, poco a poco, con el sonido del mar de fondo, el sol calentando tu cuerpo y la brisa o las caricias, ya no sabrás discernir cuál es la causa de los escalofríos que te recorrerán por dentro, desde la cabeza hasta los pies.
Antes de que te suba demasiado la temperatura, te extenderé el aceite por la espalda, masajeándote las caderas, relajándote. Luego continuaré hasta llegar a la nuca y ahí me volveré a entretener, pasando mis dedos por tu cabeza, entre tu pelo.
Será entonces cuando te des la vuelta. Ahora los besos comenzarán por tu cuello, subiendo hacia tus mejillas, para llegar peligrosamente a tus labios.
A continuación comenzaré por las piernas, como antes, empezando por los pies, masajeando los deditos. Subiré por los tobillos, las rodillas, los muslos y volveré a asegurarme que no queda ni un solo rincón sin recorrer, sin proteger.
De propina te daré algún besito que otro, sí, entre las piernas. Yo creo que esos besitos te van a gustar, te van a provocar unos escalofríos mayores que los que hayas sentido hasta ese momento. Besitos con una lengua descarada, una lengua traviesa que se empeñará en explorar todos tus rincones más íntimos. Abriéndose paso, lentamente, indagando, separando hacia un lado, luego hacia el otro, para después volver a entrar un poquito más adentro. Retrayéndose, regresando por el mismo camino abierto para volver a entrar, más decidida, más adentro. Y así una y otra vez, explorando los alrededores, entrando y saliendo, recorriéndote por dentro, deslizándose, humedeciéndote mientras tú te humedeces.
Luego... luego... lo dejo a tu imaginación que será también la mía.
Vas a pensar que soy un descarado, un sinvergüenza, y como soy un caballero, te seré sincero. Sí lo soy, lo reconozco. Pero no lo soy siempre, sólo de vez en cuando, todo a su tiempo, en su momento adecuado.
Proposiciones de todo un señor loco, y también de un sinvergüenza trastornado.