Como el ying y el yang, unas veces estresado, a mil, sin parar ni un instante y otras veces relajado, casi inerte, al ralentí.En este mes y medio me ha dado tiempo para muchas cosas, incluso para escaparme unos días a una playa soleada.
También me ha dado tiempo para ordenar unas cuantas cosas de la oficina aunque aquello es un orden sin concierto, un control descontrolado o un descontrol controlado. Realmente no sé muy bien qué es. Por ese motivo he decidido dejar de luchar contracorriente y buscar unas aguas más tranquilas, no un remanso de paz, pero sí algo que no sean esos rápidos que te llevan directo a las cataratas. Y no porque no me gusten las aguas bravas, sino porque ya sé a dónde van éstas, porque siento que ya he pasado por esta misma corriente y no me apetece volver a pasar.
Y aprovechando este buen tiempo y que aún tengo muchas vacaciones pendientes, pues como no, a disfrutar también de la nieve, unos días de ski y relax también vienen bien.

Aunque disfrutar, lo que se dice disfrutar... porque hay algo que me tiene especialmente inquieto, algo que me mantiene en vilo y es que, como dijo alguien, la espera, desespera. Y así me siento, en un sinvivir esperando a que pasen estos días y ya, de una vez, salga de esa intervención. No es nada grave pero sólo escuchar las palabras bisturí, anestesia, cirujano,... ufffff. Y si es verdad que esto es benigno, entonces, pregunto yo ingenuamente, ¿por qué hay que cortar? ¿no se puede dejar ahí?
Al menos ya sólo queda una semana para el día D. Sé que luego lo recordaré como una anécdota más, porque las circunstancias me han hecho fuerte, que no inmune, y ya he pasado por momentos difíciles, pero estos instantes previos... uffff. Que sí, que sí, que soy un cobardica, lo reconozco.
