No soy quién para decirte lo que tienes que hacer y lo que has de dejar de hacer, pero en la medida de la confianza que tenemos para hablar y contarnos cualquier cosa con sinceridad, pues te lo digo: no me gusta que fumes tanto.
Llevamos no sé si unas dos o tres de horas juntos. Ya hemos pasado por tres bares y no recuerdo cuántos cigarrillos has fumado, pero han sido muchos.
Así que me gustaría que no fumases tanto. Sé de un método que te ayudará a olvidarte del tabaco, un método contra esa adicción tuya.
- Ah! ¿sí? ¿cuál?.
Sin dejar de mirarte a los ojos, con mis manos en tu cadera, atraigo tu cuerpo hacia mi, mientras me acerco y te susurro al oído: comenzaría haciéndote caricias, suaves, muy, muy suaves, y también dándote besitos por todo el cuerpo, poco a poco,...
- ¿y qué pasa si luego me vuelvo adicta a los orgasmos?
Hay vicios y adicciones que son más saludables que otros. Mientras te susurro esto, abrazándote, dejo que mis labios besen tu cuello, sin apenas tocarlo. Noto como te aprietas contra mi cuerpo y yo continúo dándote besitos, desde la base del cuello, subiendo poco a poco, pausadamente, hasta llegar al lóbulo de la oreja.
Luego, sin dejar de abrazarte, continúo, deslizando los labios muy cerca de ti, rozándote, acariciándote, y cuando apenas te toco me alejo un poquito, y vuelvo otra vez a dejar que mis labios te besen, junto a la oreja. Y subo un poco hacia arriba, y luego bajo, y te beso el lóbulo, y después te lo mordisqueo un poquito.
Un suspiro sale de tu boca mientras me dices que te deje fumar un cigarro y te echas hacia atrás. La mano va directa al bolsillo de atrás de tu pantalón donde tienes el mechero.
Mientras te digo que no, que más tarde, te sujeto esa mano a tu espalda, cogiéndote la muñeca con fuerza. Con el otro brazo sigo sujetando tu cuerpo junto al mío. Y me vuelvo a inclinar sobre tu cuello para dejar que me sientas cerca, muy cerca.
Continúo besándoteo. Echo hacia atrás tu pelo para dejar descubierta la oreja y poder concentrarme en ella. Sin embargo, apenas he comenzado a besarla, la dejo para irme directo hacia la mejilla. Noto la fuerza que haces por intentar liberar el brazo, por intentar acceder al tabaco. No sé si es la fuerza de la adicción o la de la contra-adicción. Cuando paso mi cara junto a la tuya sigo de largo, hacia el otro lado. Y comienzo a besarte el otro hombro, poco a poco. Los labios humedecidos, la nariz que apenas te roza, y tu piel y... y todo tu cuerpo está erizado, mientras intentas liberarte.
Te mordisqueo el lóbulo de la oreja, presionándolo, sin llegar a hacerte daño, y después alejo los labios, pero sin separar la boca de tu piel, y vuelvo a acercarme a tu mejilla.
Notas mi respiración, cómo te siento y cómo me sientes. Los dos cuerpos, apretados, pegados, y como si fuera un baile de dos polos opuestos, de dos imanes que se atraen, pasamos nuestras caras muy cerca la una de la otra, acariciándonos, piel con piel, respirando el mismo aire.
Y en ese movimiento acerco los labios hacia los tuyos, sin llegar a tocarlos. Y giras la cabeza a un lado y yo paso de largo, volviendo hacia la otra oreja y mordisqueándote el otro lado del cuello.
Continuó bajando, besándote, aquí y allá, poco a poco, por el cuello y después por el hombro. Y es entonces cuando noto como eres Tú la que me muerde. Y como si de una corriente eléctrica se tratara, un escalofrío recorre todo mi cuerpo.
Asciendo nuevamente, por el hombro camino del cuello. Paso junto a la oreja, llego a tu cara, y mientras hago este recorrido, caminando beso a beso, de repente, ya no resistes más y... al llegar junto a tu boca nuestros labios se juntan. Ha sido un instante, muy rápido, para volver a separarse, como si fuera una tenue caricia, y continúo hacia el otro lado de tu cara. Y cuando llego a la otra oreja entonces retrocedo, volviendo a tu boca. Esta vez, me detengo un poco más.
Hay quien piensa que uno de los sentidos, el tacto, se manifiesta con los dedos de las manos. Yo pienso que los labios tienen una sensibilidad mucho mayor y transmiten mucho más. Y como si quisiera dibujar tu contorno, sin dejar ni un solo poro de tu piel, continúo deslizándolos, subiendo y bajando, hasta que nuestras bocas se encuentran otra vez, se unen de nuevo.
Nos empezamos a comer, primero suavemente, un poquito, como si nos estuviéramos descubriendo, explorándonos lentamente.
Una pequeña pausa para continuar mordisqueándote el cuello, después el hombro y, a continuación, regreso a tu boca. Me estás esperando y me recibes introduciéndome tu lengua en mi boca.
Y en ese juego de labios y lenguas nos comemos, nos deseamos ajenos a todo lo que pasa a nuestro alrededor.
Y cuando nos detenemos un momento, para recuperar el aliento, apoyas tus manos sobre mis brazos mientras te sigo sujetando, con las manos en tu cadera, manteniendo tu cuerpo pegadito al mío. Nos hablamos con la mirada, sin decir ni una palabra, lo suficiente como para que te coja la carita y volvamos a empezar.
Mis manos sujetan levemente tu cabeza mientras bebo de tu boca, mientras nos volvemos a comer, a besar, a fundir las bocas. Mientras nos deseamos más y más, con más ansia, con más y más ganas de irnos a otro sitio.
Y en ese vaivén de besos y caricias, de lenguas y labios, seguimos y seguimos, comiéndonos, deseándonos, excitándonos...
Entonces me pides que, por favor, te deje fumar un cigarro. Te miro a los ojos y te dejo, te dejo que lo fumes, mientras te doy una tregua porque ya te sientes empapada.
Y sabes…, ya sabes que habrá otra fase, otra fase más intensiva de este tratamiento antitabaco ¿no? ;)
Porque lo tuyo con el tabaco es vicio, y para mitigar ese vicio tendré que emplearme muy, muy a fondo contigo.
(De un momento... especial, una noche... en un bar)