Aparcamos el coche y nos dirigimos hacia la entrada. Se respira la tranquilidad, la paz, el aire puro mezclado entre el aroma del mar y la frescura de la montaña. El silencio sólo roto por los cánticos de algunos pájaros y por nuestras pisadas en la gravilla en el camino hacia el Parador.
Entramos y me dirijo al mostrador de recepción para hacer el check-in. Mientras tanto tú te has quedado junto a aquella ventana del fondo, mirando a través del cristal. Hay otros clientes y personal del hotel deambulando por la recepción pero tú permaneces ajena a todo ese trasiego. Estás concentrada, contemplando como las nubes van descendiendo y comiéndose las montañas, los bosques,… recordando lo que te había dicho hace sólo unos instantes, que aunque ahora la niebla, la humedad se va metiendo entre los árboles, seguro que mañana brilla el sol y podremos disfrutar de ese paseo a caballo que te he prometido. De ese paseo que nos llevará hasta algún lugar donde sólo estemos tú y yo.Regreso por mis pasos y no quiero romper tu quietud. Con gran suavidad me acerco a ti y dejo que mis manos sujeten tus caderas, mientras por encima de tu hombro contemplo tu mirada reflejada en el cristal.
Llevas un jersey sin cuello, de esos que se sostienen en el límite de los hombros. Esto me permite acercar mis labios a tu piel y dejar que resbalen sobre ti, acariciándote, besándote. Levanto un poco la vista, lo suficiente como para discernir la sonrisa que acaba de aparecer en tu boca, reflejada en el cristal. Eso me anima a continuar deslizando los labios desde el hombro, recorriéndolo milímetro a milímetro, poro a poro, mientras te voy dando besitos aquí y allí. Tu sonrisa se ha vuelto más amplia, cierras los ojos y yo me esmero en continuar con estas caricias.
Llego a la base de tu cuello y mis dientes lo mordisquean, un poquito, lo suficiente como para notar el escalofrío que ha recorrido todo tu cuerpo, de arriba abajo, como si de una corriente eléctrica se tratara.
Con el brazo izquierdo te rodeo la cintura mientras con la mano derecha aparto tu pelo para descubrir completamente el cuello. Me ayudas inclinando tu cabeza, mostrándome todo el cuello, exponiéndolo a mis caricias, a mis mordisquitos. Y yo me lanzo hacia él con el ansia desmedida del deseo que ha comenzado a brotar.
Te voy recorriendo, beso a beso, como si fuera un alpinista escalando una montaña, desde la base, subiendo hacia arriba, poco a poco, mordisqueando como si me intentara sujetar en cada poro de tu piel, degustando ese manjar que me ofreces. A cada mordisquito escucho en ti un susurro, un ¡mmmmmmmm…. me gusta! Y a mí me gusta más aún, sabes que disfruto con cada centímetro de tu piel.
Mis labios continúan resbalando sobre ti y a medida que te voy mordisqueando, con la puntita de la lengua, húmeda, caliente, te voy acariciando. Esto te excita y lo que empezó como una serie de casi mudos susurros se va convirtiendo en pequeños gemidos. Continúo ascendiendo hasta llegar al lóbulo de tu oreja donde me entretengo chupeteándolo, mordisqueándolo, relamiéndolo, saboreándolo mientras notas el aire cálido que sale de mis pulmones y llega hasta tu piel. Te estremeces y te aprietas contra mí, quieres darte la vuelta pero, el brazo alrededor de la cintura te sujeta sin dejarte apenas movimiento alguno. Te atraigo más hacia mí y notas como estoy duro, excitado, deseándote.
Mi cara hundida en tu cuello, con un brazo rodeándote la cintura, con su mano juguetona que quiere llegar más abajo... Y mientras tanto, con la otra mano, sumergida entre tu pelo, deslizo los dedos desde la base de tu nuca, subiendo, acariciándote, frotándote el cuero cabelludo, provocando en ti esos escalofríos que tanto te gustan. Te mordisqueo aquí y allá, te acaricio con la lengua, húmeda, caliente, la respiración se nos vuelve entrecortada, los susurros se han convertido en gemidos que nos acompañan en este compás de excitación, deseosos de continuar, de culminar esto que hemos empezado.
Un nuevo mordisquito, más profundo, como si quisiera entrar en ti y tú, un nuevo escalofrío, un gemido más agudo y empujas tu cuerpo hacia atrás, contra el mío, sintiéndome erecto, deseoso de ti y tú de mí.
A nuestras espaldas se oye como, tímidamente, nos preguntan si queremos que nos suban el equipaje a la habitación. Pero nosotros seguimos ajenos al tiempo y a todo lo que está a nuestro alrededor, disfrutando de este instante, aumentando yo el ritmo de las caricias, pegándote tú más a mí, sin dejar ni un solo resquicio entre nuestros cuerpos, con tus manos intentando coger mi cadera para atraer más mi cuerpo hacia el tuyo, y yo relamiendo tu piel, mordisqueándola, intentando comerte, devorarte, completamente, mientras la excitación va in crescendo.
Cuando por fin dejo que te des la vuelta, por tus ojos veo como brillan esas llamitas del deseo. Me dices que nos vayamos a otro sitio, un poco menos concurrido, a terminar esto que hemos empezado.
Y es que esta extraña enfermedad tuya no te permite continuar con tanto público. Sí, no recuerdo muy bien cómo me dijiste que se llamaba, algo extraño, ya sabes, ese tipo de enfermedades que son difíciles de curar, que necesitan de un buen tratamiento… era algo así como… ¿me dijiste que tenías cierta ‘fobia social’, no?
Pero yo estoy dispuesto a curarte, a que te sanes completamente, a que ese tipo de fobias desaparezcan y no vuelvan nunca más a ti. Y creo que ya sé cuál va a ser el tratamiento que vamos a aplicar.
A nuestras espaldas se oye como, tímidamente, nos preguntan si queremos que nos suban el equipaje a la habitación. Pero nosotros seguimos ajenos al tiempo y a todo lo que está a nuestro alrededor, disfrutando de este instante, aumentando yo el ritmo de las caricias, pegándote tú más a mí, sin dejar ni un solo resquicio entre nuestros cuerpos, con tus manos intentando coger mi cadera para atraer más mi cuerpo hacia el tuyo, y yo relamiendo tu piel, mordisqueándola, intentando comerte, devorarte, completamente, mientras la excitación va in crescendo.
Cuando por fin dejo que te des la vuelta, por tus ojos veo como brillan esas llamitas del deseo. Me dices que nos vayamos a otro sitio, un poco menos concurrido, a terminar esto que hemos empezado.
Y es que esta extraña enfermedad tuya no te permite continuar con tanto público. Sí, no recuerdo muy bien cómo me dijiste que se llamaba, algo extraño, ya sabes, ese tipo de enfermedades que son difíciles de curar, que necesitan de un buen tratamiento… era algo así como… ¿me dijiste que tenías cierta ‘fobia social’, no?Pero yo estoy dispuesto a curarte, a que te sanes completamente, a que ese tipo de fobias desaparezcan y no vuelvan nunca más a ti. Y creo que ya sé cuál va a ser el tratamiento que vamos a aplicar.

