12 noviembre 2006

Esa extraña enfermedad

Entramos y me dirijo al mostrador de recepción para hacer el check-in. Mientras tanto tú te has quedado junto a aquella ventana del fondo, mirando a través del cristal. Hay otros clientes y personal del hotel deambulando por la recepción pero tú permaneces ajena a todo ese trasiego. Estás concentrada, contemplando como las nubes van descendiendo y comiéndose las montañas, los bosques,… recordando lo que te había dicho hace sólo unos instantes, que aunque ahora la niebla, la humedad se va metiendo entre los árboles, seguro que mañana brilla el sol y podremos disfrutar de ese paseo a caballo que te he prometido. De ese paseo que nos llevará hasta algún lugar donde sólo estemos tú y yo.

Regreso por mis pasos y no quiero romper tu quietud. Con gran suavidad me acerco a ti y dejo que mis manos sujeten tus caderas, mientras por encima de tu hombro contemplo tu mirada reflejada en el cristal.

Llevas un jersey sin cuello, de esos que se sostienen en el límite de los hombros. Esto me permite acercar mis labios a tu piel y dejar que resbalen sobre ti, acariciándote, besándote. Levanto un poco la vista, lo suficiente como para discernir la sonrisa que acaba de aparecer en tu boca, reflejada en el cristal. Eso me anima a continuar deslizando los labios desde el hombro, recorriéndolo milímetro a milímetro, poro a poro, mientras te voy dando besitos aquí y allí. Tu sonrisa se ha vuelto más amplia, cierras los ojos y yo me esmero en continuar con estas caricias.

Llego a la base de tu cuello y mis dientes lo mordisquean, un poquito, lo suficiente como para notar el escalofrío que ha recorrido todo tu cuerpo, de arriba abajo, como si de una corriente eléctrica se tratara.

Con el brazo izquierdo te rodeo la cintura mientras con la mano derecha aparto tu pelo para descubrir completamente el cuello. Me ayudas inclinando tu cabeza, mostrándome todo el cuello, exponiéndolo a mis caricias, a mis mordisquitos. Y yo me lanzo hacia él con el ansia desmedida del deseo que ha comenzado a brotar.

Te voy recorriendo, beso a beso, como si fuera un alpinista escalando una montaña, desde la base, subiendo hacia arriba, poco a poco, mordisqueando como si me intentara sujetar en cada poro de tu piel, degustando ese manjar que me ofreces. A cada mordisquito escucho en ti un susurro, un ¡mmmmmmmm…. me gusta! Y a mí me gusta más aún, sabes que disfruto con cada centímetro de tu piel.

Mis labios continúan resbalando sobre ti y a medida que te voy mordisqueando, con la puntita de la lengua, húmeda, caliente, te voy acariciando. Esto te excita y lo que empezó como una serie de casi mudos susurros se va convirtiendo en pequeños gemidos. Continúo ascendiendo hasta llegar al lóbulo de tu oreja donde me entretengo chupeteándolo, mordisqueándolo, relamiéndolo, saboreándolo mientras notas el aire cálido que sale de mis pulmones y llega hasta tu piel. Te estremeces y te aprietas contra mí, quieres darte la vuelta pero, el brazo alrededor de la cintura te sujeta sin dejarte apenas movimiento alguno. Te atraigo más hacia mí y notas como estoy duro, excitado, deseándote.

Mi cara hundida en tu cuello, con un brazo rodeándote la cintura, con su mano juguetona que quiere llegar más abajo... Y mientras tanto, con la otra mano, sumergida entre tu pelo, deslizo los dedos desde la base de tu nuca, subiendo, acariciándote, frotándote el cuero cabelludo, provocando en ti esos escalofríos que tanto te gustan. Te mordisqueo aquí y allá, te acaricio con la lengua, húmeda, caliente, la respiración se nos vuelve entrecortada, los susurros se han convertido en gemidos que nos acompañan en este compás de excitación, deseosos de continuar, de culminar esto que hemos empezado.
Un nuevo mordisquito, más profundo, como si quisiera entrar en ti y tú, un nuevo escalofrío, un gemido más agudo y empujas tu cuerpo hacia atrás, contra el mío, sintiéndome erecto, deseoso de ti y tú de mí.

A nuestras espaldas se oye como, tímidamente, nos preguntan si queremos que nos suban el equipaje a la habitación. Pero nosotros seguimos ajenos al tiempo y a todo lo que está a nuestro alrededor, disfrutando de este instante, aumentando yo el ritmo de las caricias, pegándote tú más a mí, sin dejar ni un solo resquicio entre nuestros cuerpos, con tus manos intentando coger mi cadera para atraer más mi cuerpo hacia el tuyo, y yo relamiendo tu piel, mordisqueándola, intentando comerte, devorarte, completamente, mientras la excitación va in crescendo.

Cuando por fin dejo que te des la vuelta, por tus ojos veo como brillan esas llamitas del deseo. Me dices que nos vayamos a otro sitio, un poco menos concurrido, a terminar esto que hemos empezado.
Y es que esta extraña enfermedad tuya no te permite continuar con tanto público. Sí, no recuerdo muy bien cómo me dijiste que se llamaba, algo extraño, ya sabes, ese tipo de enfermedades que son difíciles de curar, que necesitan de un buen tratamiento… era algo así como… ¿me dijiste que tenías cierta ‘fobia social’, no?

Pero yo estoy dispuesto a curarte, a que te sanes completamente, a que ese tipo de fobias desaparezcan y no vuelvan nunca más a ti. Y creo que ya sé cuál va a ser el tratamiento que vamos a aplicar.

09 noviembre 2006

Qué... Ellas?

Hoy había pensado en publicar otro post pero dados los acontencimientos de esta tarde he decidido cambiar de tema. Y es que, este relato está dedicado a vosotras, a las mujeres, a las que me volvéis loco. A todas en general, porque todas, en mayor o menor medida, me hacéis perder la cordura.

A última hora de la tarde, cuando ya es de noche, cómo se nota el cambio horario, me encuentro con un mail de C. Me quedo bastante preocupado por el contenido. Hacía tiempo, al menos un par de meses, que no sabía nada de ella.
La conocí hace algo menos de un año. Es de estas cosas que surgen así, sin darte cuenta, poco a poco. Y, de repente, te das cuenta que tienes una complicidad, un entendimiento tal con esa personita que algunos sentimientos comienzan a brotar. Nos mirábamos y sólo con la mirada ya sabíamos lo que estaba pensando el otro. Tal fue nuestro grado de complicidad. Así es que, un día, esa chispa que había entre nosotros casi se convierte en llama y aquello hubiera provocado un incendio si la cordura no me frena. Y es que, sé que algunos me llamaran tonto o idiota por haber perdido una oportunidad así, pero es que no va con mis principios. No quiero ser la causa de la ruptura de ninguna relación. Porque, vamos a ver, quién dice que no vaya a ser una aventura y que eso rompa una relación que podría ser estable, duradera,… Yo no me lo perdonaría. Ya, ya sé, soy un tonto pero es que soy así. Por tanto, como C. estaba casada la chispa se quedó en eso. Y reconozco que hubo un instante que… pero no.
Volviendo al día de hoy, después de leer su mail no puedo evitar coger el teléfono y llamarla. La causa de su tristeza, de su mal momento es que se está divorciando. Sabía, porque me lo había dicho hace tiempo, medio en serio, medio en broma, que su pareja “no le hacía caso”, pero nunca hubiera imaginado que a los pocos meses se fuera a divorciar. Comenzamos a hablar por teléfono y, en seguida, decidimos vernos para cenar juntos. No, nooooo, no penséis eso. Sólo para cenar. Así, durante la cena me contó que estaba harta de la situación, que no lo soportaba más, que… en fin, todo un compendio de razones para dejar a su ya casi ex.

De vuelta para casa he ido contando cuántos casos he conocido como el de C. en los últimos meses. Y es que sé de muchos, más de los que me imaginaba. Y de todo tipo de edad y status: jóvenes con 26 o 27 años, menos jóvenes con 3x, y también con 4x y más. Y también con niños y sin ellos.

Hablando con algún amigo cuya chica le ha dicho “ahí te quedas Lucas…”, no han sabido decirme cuál ha sido el motivo. O al menos, ellos no encontraban la causa de la ruptura. Yo puedo hablar por mi caso particular. Y es que firmamos un ‘contrato’ que nunca se debió de firmar. Ambos lo sabíamos. No estábamos enamorados y aquello no tenia muchas posibilidades de durar, como así fue.

Así que, no puedo más que hacerme una serie de preguntas dirigidas a vosotras, porque sé que, sino vosotras, sí al menos alguna amiga vuestra, de una forma u otra, ha roto con un marido, un novio, su pareja después de una relación estable o duradera o… llamémosle seria.

Y es que mis preguntas, estas dudas que me inquietan son: ¿qué necesitan las mujeres? ¿qué les piden a los hombres que estos no saben darles? ¿por qué los hombres no saben cultivar su relación de pareja? ¿o son las mujeres? ¿o son ambos? Y no busco la típica respuesta de: “son otros tiempos, la mujer trabaja y se puede mantener a sí misma”. Creo que eso puede ocurrir en algún caso, pero… no creo que hoy en día ninguna mujer inicie una relación de pareja esperando que la mantengan y si las cosas van mal, entonces, como trabaja…

Quizás me ayudéis a despejar estas dudas. O puede que me llenéis de más dudas aún. ¿quién sabe?. Vosotras diréis.
P.D. lo siento, este post no tiene ningún contenido sensual, insinuante,… mañana… será otro día y…

03 noviembre 2006

Una joya

A pesar de todo sé, y es que estoy convencido de ello, que eres una joya. Todo un lujo al alcance de muy pocos, de casi ninguno. Culta, inteligente, muy sensual, y… morbosa!!!

Y es que te gusta provocar. Descarada!!!! Te gusta que te observen. Te encanta que todos los hombres se fijen en ti con miradas lujuriosas. Sientes como sus ojos se clavan en tus glúteos, como sus pupilas se dirigen hacia tus pechos, como les gustaría tenerte a su lado. Y yo… para qué nos vamos a engañar, pues sí, a mí eso me cautiva porque me encanta darles envidia.

¿Sabes…? Sí, ya te lo imaginas. Soy un egoísta. Me gustaría tenerte sólo para mí. Llevarte a los mejores restaurantes y ver como el resto de los comensales se quedan boquiabiertos, llevarte a los mejores hoteles y disfrutar viendo como el personal se queda petrificado y es que… tienes una carita de princesa, de niña buena, de no haber roto nunca un plato, de una dulce timidez, pero… tu mirada te delata. Por tus ojos brota el fuego de ese volcán que hay dentro de ti, ardiente, deseosa de que alguien mitigue un poco ese calor que tanto te consume.

Mañana he pensado en llevarte a la ópera antes de ir a cenar a ese restaurante de cocina francesa. Y… no creo que sea capaz de aguantarme. Lo sabes muy bien, tu sensualidad desborda mi sexualidad. En el entreacto te voy a poner contra una de esas paredes nobles y frías del Teatro Real y allí, rodeados de tanta aristocracia y gente de bien (o eso dicen), te voy a excitar hasta que el deseo ciegue tu pudor. No pararé hasta que me ruegues que siga, que no me detenga, que lo hagamos allí mismo, en cualquier sitio, en ese instante porque ya estás tan húmeda y el fuego que sientes es tan grande que ni siquiera mis labios pueden calmar los tuyos, ni siquiera mi lengua puede refrescarte. Y entonces… sí, entonces, en ese momento me detendré, porque quiero disfrutar contigo de esa excitación que nos haría cometer cualquier locura aunque fuésemos el objeto de todas las miradas, la noticia de todas las portadas. Quiero saborear contigo esa excitación sin llegar aún al climax. No hay nada mejor y sé que te gusta, aunque tu deseo te ciegue y te incite a continuar. Ese es un placer reservado a aquellos que lo saben degustar como tú y como yo.

Luego… creo que eso no te lo voy a contar ahora. Luego será una sorpresa. Una dulce sorpresa que sé que te va a satisfacer.

Y ya sabes que soy un cabrón, un egoísta, un provocador, un…. Vamos, lo que se dice una joyita!!!!. O quizás no tanto.