Es de noche, noche cerrada, oscura, fría, húmeda. Hace un momento el viento azotaba los primeros copos de nieve contra el coche mientras yo intentaba encontrar los límites de la carretera. Hace frío, bastante, ahora mismo no hay más de 4 o 5º C, pero yo siento el calor, el calor que me produce el tenerte cerca. Cuando fuí a buscarte dejé la chimenea encendida para que se mantuviese un poco la temperatura de la casa. Aunque no está muy caldeada, la diferencia, al entrar, se nota. Nada más que la ves, ahí, en el medio del salón, te diriges hacia ella, como una luciérnaga en busca de la luz. Subo algo más de leña y te encuentro ahí, recostadita, junto al fuego, con una carita de niña buena, de un ser angelical, aunque... también eres una diablilla. Y he de reconocer que ese lado oculto tuyo me atrae tanto como tu otra mitad. Y es que contigo no hay término medio.
Echamos más leña al fuego y las llamas brotan, envolviendo los troncos, revoloteando a su alrededor, devorándolos, produciendo calor, un calor intenso. Lo siento, lo noto, casi tanto como si te tuviera cerca, a mi lado. No sé porque escribo esto y más a estas horas, supongo que debe de ser por algún motivo, por alguna causalidad. Y es que... es la hora bruja, la hora mágica, la hora en la que llegaste hace algún tiempo.
Ya estamos en la recta final de esta estación y ya han llegado estos primeros fríos, y con ellos quizás haya aumentado más aún mi locura, mi deseo por estar calentito junto a ti, junto al fuego que debes de desprender cuando se enciende en ti la pasión. Y es que estas llamas que se mueven, juguetonas, lamiendo el tronco, ágiles, deseosas de abrazarlo, de consumirlo, hasta el final, sin límite,... llevan mi mente hasta ti. En ocasiones cierro los ojos y te veo, te siento, aquí, a mi lado. Y te siento tan cerca que te cogería y abrazaría mientras, los dos, recostados sobre un manta junto al fuego, lo miramos y nos reconfortamos con su calor. Pero eso es sólo en ocasiones, porque hoy, hoy...
Te abrazo mientras comienzo a besarte. Empiezo por los hombros, dejando que mis labios resbalen sobre tu piel. Las llamas se reflejan sobre nuestros cuerpos y tú permaneces inmóvil, la mirada fija sobre las llamas y comienzas a dejarte llevar, a sentir no sólo el calor que te envuelve, procedente de la chimenea, sino también mis labios húmedos deslizándose por tu espalda. Desde arriba, desde la nuca, descendiendo suavemente, dándote besitos y, de vez en cuando, la lengua que te acaricia, que humedece tu piel. Percibes esa sensación de frío y calor, de un calor intenso frente a ti, y el frescor de mi boca que se desliza por tu espalda.
Añado un par de troncos más a la chimenea y enseguida las llamas brotan a su alrededor. Mientras, te has tumbado sobre la manta, deseosa de que continúe y no me detenga en tu espalda, esperando que siga y continúe a lo largo de tu cuerpo. Me acerco y veo esa sonrisa en tu cara que tanto me gusta. Tanto como el brillo de tus ojos. No nos decimos nada, ha bastado con que nuestras miradas cómplices se hayan cruzado para que sobren las palabras. Continúo besándote la espalda, deslizando mi lengua, haciéndote cosquillitas, acariciándote. Y tu piel se eriza, se contrae a cada roce. Llego hasta tu cadera y continúo hacia abajo, descendiendo entre tus glúteos. Deslizo una mano por entre ellos, acariciando la parte interna. Te contraes rápidamente, como si hubiera tocado un resorte oculto, y los juntas, aprisionando mi mano entre ellos. Sin apartarla, muevo los dedos, acariciándote mientras recorro con la lengua tu espalda. Cuando llego hacia la mitad todo tu cuerpo se contrae de nuevo, como si una corriente eléctrica lo hubiera traspasado.
Mi mano se desliza entre tus muslos que la intentan mantener prisionera, buscando tu sexo y mis dedos lo encuentran, húmedo. Te das la vuelta, deseosa de que comience a recorrerte, de arriba abajo, de derecha a izquierda, por todos y cada uno de los rincones que aún no había besado. Me dejas llevar la iniciativa, estás relajada, con este calorcito que sale de la chimenea y con el fuego que sientes dentro y que, te hace sentir húmeda, empapada. Llego a los pezones y te los mordisqueo, apretando un poquito, lo suficiente hasta que escucho tus gemidos, los suelto y bajo hasta el ombligo, sigo más abajo y me deslizo hacia tus caderas, rozando tu sexo, sin llegar apenas a tocarlo, sólo lo suficiente como para que te estremezcas. Bajo por tus piernas y al llegar otra vez a la cara interna de los muslos, los contraes de nuevo, apretando las piernas. Las separo suavemente. Me inclino sobre ellas y deslizo la lengua, ascendiendo, poco a poco, recorriendo tu pubis, yendo hacia la cadera.
Sientes el cosquilleo y te mueves mientras sueltas un gemido. Sigo lamiendo tu cadera, ascendiendo, rozándonte, sin apenas tocarte, mientras veo como se erizan todos tus poros. Me levanto y echo otros dos troncos en la chimenea. No quiero que se apague como tampoco quiero que descienda tu temperatura ;) Mientras tanto te has dado la vuelta, tumbada boca abajo, la cabeza recostada a un lado, las llamas reflejándose en tu cuerpo, iluminando cada una de tus curvas. Deslizo una mano sobre una de tus piernas, recorriéndola, acariciándola con las yemas de los dedos, y al mismo tiempo recorro tu espalda con la lengua, desde el final de la columna, y mientras asciendo con la mano, introduciéndola entre tus piernas, asciendo con la lengua hasta llegar a tu nuca. Te mordisqueo la espalda mientras la mano llega hasta tu sexo. Lo noto mucho más húmedo que antes, mucho más.
Giras la cabeza hacia mí y nuestras bocas se encuentran. Nuestras lenguas se unen, deseosas, ansiosas, y las bocas se funden como si fuera una sola. Introduzco un dedo en ti y escucho tu gemido mientras con los otros te acaricio. Con una mano me sujetas la nuca, atrayendo mi cabeza, mi boca hacia la tuya y deslizas la otra por debajo de mí, entre mis piernas y me encuentras. Sientes mi deseo por poseerte, por hacerte mía y sentirme tuyo, dentro, muy dentro de ti. Te das media vuelta hasta quedarte enfrente de mí y pasas una pierna por encima de las mías. Me arqueo, acercándome, rozándote, sintiéndote y tú, sintiéndome a mí. Noto tus pezones, erguidos, duros, apretados contra mi pecho.
Entonces, ágilmente te giras y me empujas hasta dejarme tumbado, boca arriba mientras te sientas sobre mí. Me dices que no eres ninguna chica inocente, que eres retorcidamente perversa y lo veo, lo veo en tu sonrisa y en tus ojos. Esa mirada que tienes, como si tú fueras una pantera y yo tu presa. Y te sientas sobre mí, sobre mi cadera, haciendo que me introduzca en ti, dentro de ti. Te agachas y mientras comienzas a moverte sobre mí nuestras bocas se vuelven a juntar, comiéndose, y nuestros cuerpos se unen, se funden en uno solo. Y empujo mi cuerpo hacia arriba, levantando las caderas, empujándote a ti, metiéndome más dentro de ti. Nos dejamos caer hacia un lado, manteniendo los cuerpos unidos. Juntas las piernas, haciéndome tu prisionero, sin soltarme, sin que me separe de ti, como si fuésemos un único cuerpo.
Entonces... mejor te lo cuento otro día. Porque ya sabes..., ya sabes como continuaremos. ¿no? ;)

