Verdes, azules, amarillos, ocres,… una delicia para la vista. Dulces, salados, ácidos, picantes,… un gusto para los sentidos. Y ¿si fuera el Paraíso?Ahí sobre la arena, los cuerpos tumbados, tostándose al calor del sol.
Una suave brisa te envuelve recorriendo todo tu cuerpo de arriba abajo. Sientes unos dedos que te acarician la piel, suavemente, mientras deslizan la crema que te protege y te humedece. Un escalofrío que no puedes esconder brota de tu interior. Los párpados se te hacen más pesados o quizás sea que no quieras ver por dónde van a volver a deslizarse, quizás prefieras la sorpresa de sentir cómo, súbitamente, comienzan un suave masaje por donde menos te lo esperas, aunque lo estás deseando.
Los rayos del dios sol intentan templar tu cuerpo mientras contraes todos los poros de la piel. Un dedo recoge esas gotitas de agua que se ha condensado en el exterior del vaso y te las acerca a los labios. Necesitas refrescarte y saboreas el dedo que te las ofrece.
Sientes como si un volcán estallase dentro de ti mientras tu piel se estremece. Han vuelto a recorrer tu espalda, de arriba a abajo, deslizándose entre tus glúteos, pasando casi sin tocarte, un leve roce sobre el tanga del bikini, lo suficiente como para que un suspiro exhale de tu boca.
Como un naufrago en el desierto abres la boca, deseosa de que calmen tu sed, rogando unas gotitas de frío elemento que mitiguen el fuego. Chupas con ansia ese dedo que te las ofrece.
Unos labios resbalan sobre tu piel, besándote aquí y allá. De vez en cuando esa boca deja que un cubito de hielo sea quien te acaricie. La temperatura ha ido subiendo tan rápidamente que el hielo se funde con el calor del cuerpo rápidamente.
Te das la vuelta y ahora es una lengua, fría, la que te recorre, deteniéndose en cada rincón, en cada pliegue.
Y es que hace un rato estabas aletargada plácidamente, escuchando el ronronear de las olas, y a mí me apetecía despertarte.

