25 septiembre 2006

Annecy (Parte II)


...Continuación ...

Nota: si no has leído la parte I te recomiendo que lo hagas. Y si lo has hecho, puedes volver a leerla para recordar el comienzo de esta historia. Además, he añadido alguna foto.



Entonces, abrigados por la penumbra de aquel portal, en aquel rellano, detrás del ascensor, se me acercó y con sus manos empujó mi chaqueta hacia atrás, dejándola que se deslizase por mis brazos hasta el suelo. Juntó sus labios con los míos y sentí como un escalofrío recorría toda mi espalda. Cerré los ojos mientras ágilmente me quitaba la corbata con una mano y con la otra me iba desabrochando los botones de la camisa. Se detuvo un instante, lo justo para dejar caer su abrigo al suelo y continuó quitándome la camisa.
Deslizó sus manos por mi pecho hasta llegar a la cintura donde introdujo una entre mi piel y los pantalones. Con la otra mano tiró de mi camisa hacia atrás y mis brazos quedaron atrapados por la camisa a medio quitar. Entonces se agachó y me bajó los pantalones. Volvió la mirada hacia mí y en ese momento ví un brillo especial salir de sus ojos. No supe si era el de un ángel o el de un demonio. Poco me importaba en ese momento mi salvación o mi perdición. Sentía como si me fuera a devorar. Más y más. Iba aumentando el ritmo del mismo modo que aumentaba mi respiración, entrecortada, jadeante, casi sin aliento.

Se levantó y terminó de quitarse la ropa que yo aún no había podido quitarle. Entonces se pegó tanto a mí que pensé que me iba a traspasar, que se iba a meter dentro de mí. Ni un solo resquicio entre nuestra piel. Levantó una pierna para pasarla por detrás de las mías y con sus manos se agarró a mi espalda. Me sentía totalmente atrapado, contra la pared, con sus brazos apretándome fuertemente contra ella, sus manos clavándose en mi espalda mientras la estaba comenzando a penetrar. Levantó la otra pierna y la pasó por detrás de mí y sus manos se agarraron a mis hombros. Empujó su cadera hacia abajo y yo noté como me introducía completamente en su interior. Un gritito salió de su boca, me clavó las uñas en la espalda y me susurró algo al oído mientras comenzó a moverse, primero lentamente y después más rápido.
Nuestros jadeos se tenían que oír en todo el edificio pero nada nos importaba. Era como si estuviéramos solos, en un mundo aparte. La sentía como si fuera parte de mí, como si fuéramos un único cuerpo, moviéndonos al mismo compás, en el rincón de aquel portal. Nuestras bocas se devoraban mutuamente. Sus manos se clavaban más y más en mi espalda mientras yo me quería sentir más adentro de ella. Todo fue in crescendo hasta que soltó un grito y se quedó aferrada a mí, inmóvil, apretándose fuertemente contra mi cuerpo. Fueron sólo unos segundos pero me hubiera gustado que fuese toda una eternidad.

Entonces se despegó de mí, me quitó la camisa que me tenía aprisionados los brazos contra la espalda y se agachó, apoyando las manos en los últimos peldaños de la escalera. En esa posición me acerqué y la volví a poseer, la volví a sentir mía. Le iba dando mordisquitos en la espalda mientras con las manos acariciaba sus pechos, en la misma medida que me introducía en su interior. Sus movimientos eran rápidos, como si fuesen movidos por una corriente eléctrica, fuertes, constantes. Los jadeos y gritos volvieron a aumentar, otra vez, cada vez más, hasta que sentí que me derretía, que me fundía en su interior.

Nos vestimos y salimos a la calle. Ya había anochecido completamente y la humedad del lago se hacía más presente. La bruma comenzaba a invadir las calles. En su cara tenía una sonrisa y aquel brillo tan especial. No sé si era el de un ángel que acaba de salvar a un pecador o de un demonio que acababa de llevarme a la perdición. Me volvió a besar y ese dulce aroma me invadió otra vez. Susurró algo que me sonó como muy sensual y con una sonrisa se marchó. Me quedé inmóvil por unos instantes y entonces quise ir tras ella para decirle algo aunque fuese por señas, pedirle su teléfono,… lo que fuera. Doblé la esquina y me encontré con que había desaparecido. La calle estaba desierta. Era imposible que se hubiese esfumado así, como si fuera un espíritu.

Desanduve mis pasos y me encontré con el semáforo. Mantenía su luz en color rojo. No había ningún coche, ningún peatón, nada. Todo en silencio excepto el rumor de las aguas que surcaban los canales de la ciudad. La neblina había aumentado y regresé al hotel-palacio. Esa noche no pude dormir. En todo momento sentía su presencia allí, junto a mí, en la habitación.

Aún es el día de hoy que, todavía, no sabría discernir si aquello fue real o sólo fruto de mi imaginación. Quizás fuera el espíritu de una bella dama que regresó del pasado, una de aquellas que un día vivieron en aquella bonita ciudad. O quizás vino del lago o del bosque que lo rodea. No lo sé y por eso pienso que algún día regresaré a Annecy.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Pues parece que Annecy, merece una nueva visita. Fantástico.

Eva dijo...

Qué bien, he leido el relato completo, de un tirón...
Ummm... me apetece un viajecito... ;)