28 septiembre 2006

Dia de perros...

Hoy tengo un cabreo... De esos que si pillo al autor o autores no sé que les haría. Se me ocurren mil cosas y ninguna buena. Hoy que parecía que iba a brillar el sol.., y brilló, pero también brilló mi ira. Hoy que parecía que haría un buen día, pues no, yo tuve un mal día, un día de perros.

Que ¿qué me ha pasado?. Pues aquí lo cuento para que quien lea esto lo tenga en cuenta y procure evitar que le pase lo que a mí.
Antes de ir al banco a hacer unas gestiones me da por mirar en la web los movimientos y me encuentro con que en la visa tengo unos cargos pendientes por casi 3,000.00 euros. Me quedo perplejo, boquiabierto, cuando veo que son 3 cargos del mismo establecimiento y el mismo día. Es una pizzería que ni siquiera conozco y en la que no he estado jamás. Contacto con el banco y me dicen que si es un fraude (por supuesto que sí) entonces he de poner una denuncia y enviarles una copia para que ellos lo comiencen a gestionar. La cuestión es que el banco me dice que primero me lo cobrarán y luego, cuando se demuestre que soy inocente (que ironía!!!), entonces me devolverán el dinero.
Me voy a la comisaría a poner la denuncia e indagando como ha podido suceder esto, me doy cuenta que, el viernes anterior, cenando en un restaurante, el grrxqzsxx*+(/#.... del camarero probablemente me hizo un duplicado de la visa cuando se la di para pagar. Así que, con esa copia, el muy h.... p.... y algún amiguete suyo (dueño o encargado de otro restaurante, concretamente, la pizzería), el domingo, me intentaron estafar casi 3,000.00 euros en pizzas. Vamos, como para comer pizzas toda una vida.
Opciones:
A) ir a la pizzería a pedir explicaciones. No creo que nadie les haya engañado y se haya hecho pasar por mí con una tarjeta duplicada. Más que nada, porque no creo que nadie sea capaz de gastarse esa cantidad de dinero en pizzas en una tarde. Por tanto, son, como poco, cómplices.
B) ir al restaurante donde cené el viernes y buscar al camarero para pedirle explicaciones. Que ¿por qué estoy tan seguro de que fue en este sitio? Pues porque en bastante tiempo (semanas) no había utilizado esa tarjeta y cuando te la copian la utilizan lo antes posible y te intentan estafar lo máximo hasta llegar al límite de la tarjeta. Así pues, tienen muchas posibilidades de ser el origen del problema.
C) reclamarle a Visa y al banco lo que es mío y que ellos se peguen con los h… p…. que me han querido robar.
D) muchas otras opciones más y todas ellas bastante agresivas.

Como las dos primeras, me han parecido que me iban a suponer algo más que pedir explicaciones y, tampoco estoy dispuesto a tener que, encima, indemnizar a alguien por haberle roto la cara, aunque sea un chorizo cabrón, entonces he optado por:
1) intentar razonar friamente
2) denunciarlo en comisaría
3) enviar una reclamación al banco solicitando que no me cobren lo que yo no me he gastado
4) esperar a que esto se resuelva por un cauce pacífico, aunque, puedo asegurar que, en los primeros momentos, hubiera hecho un par de visitas que...
Lo mejor de todo es lo que he aprendido de esta situación: cuando vayas a pagar con una Visa, Amex, Mastercard,… cualquier tarjeta, salvo en lo sitios que sean de absoluta confianza, en el resto, por muy buena pinta que tengan, nunca, nunca, nunca, nunca jamás, dejes tu tarjeta a ningún camarero, empleado o lo que sea. Pide que te traigan el datafono o bacaladera a la mesa y que pasen la tarjeta delante de ti. Y si te dicen que no se puede, entonces vete con ellos a donde esté el aparatito y fíjate bien, no vaya a ser que pasen tu tarjeta por un lector y aprovechen para hacerte una copia. Esto se debe de aplicar en restaurantes, tiendas,… en cualquier sitio donde pagues con tarjeta.
Ah! Y jamás dejes los recibos (la copia) por ahí tirados. Ya no suelen tener impreso el nº de la tarjeta pero, así y todo, hay auténticas mafias que se dedican a recogerlos de las papeleras de gasolineras, restaurantes,… para coger tus datos e intentar estafarte.
Es una lástima que vivamos en un mundo con un montón de…. Si de mí dependiese les ataba una cadena a lo pies, les daba un pico y una pala y a arreglar las carreteras. Pero no, la justicia les mete en la cárcel (por poco tiempo) y con todo lujo de detalles. En fin, que tengáis mucha suerte y que nunca os pase lo que a mí.

25 septiembre 2006

Annecy (Parte II)


...Continuación ...

Nota: si no has leído la parte I te recomiendo que lo hagas. Y si lo has hecho, puedes volver a leerla para recordar el comienzo de esta historia. Además, he añadido alguna foto.



Entonces, abrigados por la penumbra de aquel portal, en aquel rellano, detrás del ascensor, se me acercó y con sus manos empujó mi chaqueta hacia atrás, dejándola que se deslizase por mis brazos hasta el suelo. Juntó sus labios con los míos y sentí como un escalofrío recorría toda mi espalda. Cerré los ojos mientras ágilmente me quitaba la corbata con una mano y con la otra me iba desabrochando los botones de la camisa. Se detuvo un instante, lo justo para dejar caer su abrigo al suelo y continuó quitándome la camisa.
Deslizó sus manos por mi pecho hasta llegar a la cintura donde introdujo una entre mi piel y los pantalones. Con la otra mano tiró de mi camisa hacia atrás y mis brazos quedaron atrapados por la camisa a medio quitar. Entonces se agachó y me bajó los pantalones. Volvió la mirada hacia mí y en ese momento ví un brillo especial salir de sus ojos. No supe si era el de un ángel o el de un demonio. Poco me importaba en ese momento mi salvación o mi perdición. Sentía como si me fuera a devorar. Más y más. Iba aumentando el ritmo del mismo modo que aumentaba mi respiración, entrecortada, jadeante, casi sin aliento.

Se levantó y terminó de quitarse la ropa que yo aún no había podido quitarle. Entonces se pegó tanto a mí que pensé que me iba a traspasar, que se iba a meter dentro de mí. Ni un solo resquicio entre nuestra piel. Levantó una pierna para pasarla por detrás de las mías y con sus manos se agarró a mi espalda. Me sentía totalmente atrapado, contra la pared, con sus brazos apretándome fuertemente contra ella, sus manos clavándose en mi espalda mientras la estaba comenzando a penetrar. Levantó la otra pierna y la pasó por detrás de mí y sus manos se agarraron a mis hombros. Empujó su cadera hacia abajo y yo noté como me introducía completamente en su interior. Un gritito salió de su boca, me clavó las uñas en la espalda y me susurró algo al oído mientras comenzó a moverse, primero lentamente y después más rápido.
Nuestros jadeos se tenían que oír en todo el edificio pero nada nos importaba. Era como si estuviéramos solos, en un mundo aparte. La sentía como si fuera parte de mí, como si fuéramos un único cuerpo, moviéndonos al mismo compás, en el rincón de aquel portal. Nuestras bocas se devoraban mutuamente. Sus manos se clavaban más y más en mi espalda mientras yo me quería sentir más adentro de ella. Todo fue in crescendo hasta que soltó un grito y se quedó aferrada a mí, inmóvil, apretándose fuertemente contra mi cuerpo. Fueron sólo unos segundos pero me hubiera gustado que fuese toda una eternidad.

Entonces se despegó de mí, me quitó la camisa que me tenía aprisionados los brazos contra la espalda y se agachó, apoyando las manos en los últimos peldaños de la escalera. En esa posición me acerqué y la volví a poseer, la volví a sentir mía. Le iba dando mordisquitos en la espalda mientras con las manos acariciaba sus pechos, en la misma medida que me introducía en su interior. Sus movimientos eran rápidos, como si fuesen movidos por una corriente eléctrica, fuertes, constantes. Los jadeos y gritos volvieron a aumentar, otra vez, cada vez más, hasta que sentí que me derretía, que me fundía en su interior.

Nos vestimos y salimos a la calle. Ya había anochecido completamente y la humedad del lago se hacía más presente. La bruma comenzaba a invadir las calles. En su cara tenía una sonrisa y aquel brillo tan especial. No sé si era el de un ángel que acaba de salvar a un pecador o de un demonio que acababa de llevarme a la perdición. Me volvió a besar y ese dulce aroma me invadió otra vez. Susurró algo que me sonó como muy sensual y con una sonrisa se marchó. Me quedé inmóvil por unos instantes y entonces quise ir tras ella para decirle algo aunque fuese por señas, pedirle su teléfono,… lo que fuera. Doblé la esquina y me encontré con que había desaparecido. La calle estaba desierta. Era imposible que se hubiese esfumado así, como si fuera un espíritu.

Desanduve mis pasos y me encontré con el semáforo. Mantenía su luz en color rojo. No había ningún coche, ningún peatón, nada. Todo en silencio excepto el rumor de las aguas que surcaban los canales de la ciudad. La neblina había aumentado y regresé al hotel-palacio. Esa noche no pude dormir. En todo momento sentía su presencia allí, junto a mí, en la habitación.

Aún es el día de hoy que, todavía, no sabría discernir si aquello fue real o sólo fruto de mi imaginación. Quizás fuera el espíritu de una bella dama que regresó del pasado, una de aquellas que un día vivieron en aquella bonita ciudad. O quizás vino del lago o del bosque que lo rodea. No lo sé y por eso pienso que algún día regresaré a Annecy.

19 septiembre 2006

Annecy (Parte I)

A los pies de los Alpes y al borde de un lago que lleva su mismo nombre está esta bella ciudad, Annecy. A mí me suena como al nombre de una mujer. Un nombre de esos dulces, tiernos, encantadores.

Annecy es uno de esos paraísos que son tan bonitos que hasta parecen artificiales, es como si estuvieras dentro de un cuento. A pesar del transcurso del tiempo la ciudad aún mantiene un halo de misterioso recuerdo de otras épocas, de antaño cuando príncipes, dragones y hermosas damas pasearon por lo que hoy son sus calles y canales.

Tuve suerte y la reunión terminó un poco antes de lo previsto. Aún brillaban los últimos rayos del sol antes de dejar paso a una blanca luna. Así que salí del hotel y me fui a dar una vuelta, a recorrer este maravilloso lugar. Dejé atrás el bosque que rodea el hotel-palacio y alcancé las primeras calles de la ciudad, donde el embarcadero.

Me detuve junto al semáforo en rojo. Podría haber pasado ya que no había coches ni peatones. No había nada. Sólo calles desiertas. Lo cierto es que no sé muy bien que fue lo que me impulsó a permanecer allí, parado, ante un semáforo que no cambiaba de color. Los segundos se me hacían eternos.
Como si hubiera surgido de entre la nada, a mis espaldas, noté su presencia. Era una dulce fragancia. No sabría decir muy bien a qué, pero era un perfume que llenaba el aire que me rodeaba. Me mantuve inmóvil y, con el rabillo del ojo, escruté a mi alrededor buscando ansiosamente de dónde provenía aquel suave aroma.

Se había detenido a mi lado, esperando a que el semáforo cambiase de color. Llevaba un abrigo que le llegaba por encima de las rodillas permitiendo ver unas medias que abrigaban aquellas largas piernas. Su cabellera oscura caía sobre sus hombros. Me giré un poquito y pude ver sus ojos. Alegres, divertidos. Me pareció entrever una sonrisa. Yo permanecía inmóvil mientras rogaba a todos los espíritus de aquel lugar que el semáforo se hubiera estropeado o que, al menos, se retrasase un poco más en cambiar de color.

De repente escuché su voz, cálida, muy sensual. Todavía es el día de hoy que por más que lo intento no llego a discernir que fue lo que me pudo decir. No tengo ni idea de francés, tan sólo cuatro frases aprendidas y aquella no era ninguna de ellas. Balbuceé y apenas fui capaz de decirle, en mi inglés españolizado, que no era de allí y que sólo hablo español o inglés. Se sonrió más aún y me dijo otras palabras que a mí me sonaron como si provinieran de una música celestial.

Para mi desgracia, pensé, el semáforo se puso en verde y comenzamos a cruzar la calle. Fue entonces, cuando justo antes de llegar a la acera se me acercó, casi rozándome y me cogió la mano. Yo me dejé llevar. Me volvió a decir algo y ya entonces fue cuando decidí que el francés no puede seguir siendo una asignatura pendiente en mí.

Aceleró el paso y yo detrás de ella, agarrado a su mano como si estuviera a punto de caerme a un precipicio y aquella fuese mi única salvación. Se dirigió hacia una casa que, en su día, debió de ser un palacio. Empujó la puerta y entramos. Una bombilla alumbraba tenuemente lo que ahora era un portal. Más tarde me di cuenta que era un portal anónimo, que ella no vivía allí y que, quizás, nunca hubiese estado allí antes. Me llevó hasta el final, justo donde comenzaba la escalera, al otro lado del maltrecho ascensor. Subimos unos peldaños, justo hasta el primer rellano y allí se detuvo.
…. Continuará …