04 septiembre 2006

Piscina

Llegamos a la casa y cuando subimos la escalera de la terraza ves la piscina. Hace calor. La verdad es que en esta época del año hace calor en cualquier parte. Sin pensarlo ni un instante te diriges a la piscina mientras te vas quitando la ropa. Primero el top, luego la minifalda y finalmente, te quitas las braguitas y sigues caminando hacia el borde la piscina. Tu media melena flota con la suave brisa que envuelve tu cuerpo mientras yo me quedo embelesado, mirándote. Viendo unas piernas larguísimas que terminan en dos nalgas muy bien formadas para continuar con una espalda que se arquea mientras te lanzas al agua.

No lo pienso más y despierto de mi parálisis para continuar tras tus pasos. El agua está muy fria comparada con el calor de nuestros cuerpos desnudos. Me dirijo hacia tí y sonries. Tus mechones caen sobre tus hombros. Te cojo por la cintura y te acerco al borde de la piscina. Alzas tus brazos para sujetarte al borde mientras apoyas la cabeza. En ese momento tus pechos salen del agua como dos náufragos en busca de oxígeno para no morir ahogados. Un mechón de tu cabello resbala sobre tu pecho mientras observo cómo los pezones están de punta. No sé si debido a la temperatura del agua o a la excitación del momento. Supongo que es debido al segundo motivo porque yo también lo estoy. Me acerco a tus pezones y los beso muy suavemente para comenzar a masajearlos con la lengua. Primero el derecho y luego el izquierdo. Vuelvo otra vez al derecho y le doy un pequeño mordisquito. Un gemido sale de tu boca mientras cierras los ojos.

Te comento que hay una carretera un poco más arriba por la que, de vez en cuando, suele pasar algún coche o alguna persona caminando. Desde la carretera se puede ver una parte de la piscina. Sé que te gusta exhibirte y que eso te provoca y te excita.

Desciendo con la lengua hacia tu ombligo y con mis manos sujeto tus nalgas para hacer que tu cuerpo flote más aún sobre el nivel del agua. Eso me permite ver tu pubis depiladito. Tan sólo una pequeña hilera de vello como el de las brasileñas. Aprieto tus nalgas y separo tus piernas para poner mi cabeza entre ellas. Apoyo la boca sobre tu pubis y comienzo a hacerte cosquillitas con la lengua. Me dirijo hacia el interior de uno de tus muslos y rozo suavemente tu sexo. Esto te hace soltar otro gemido. A continuación paso al otro muslo y hago lo mismo. Rozándote, sin apenas tocarte. Subo hacia tus pechos y continuo acariciándolos. Tus pezones están duros como piedras y tu cuerpo flota y se sumerge en el agua del mismo modo que nuestro deseo flota en el ambiente.

Vuelvo a bajar hacia tu entrepierna y entonces sí, entonces te acaricio con la lengua. Primero alrededor de tu sexo, allá donde comienza y terminan tus nalgas. En esa zona que está llena de nervios y donde la piel es muy suave, muy delicada, casi transparente. Tus gemidos aumentan mientras aumenta el ritmo de tu respiración.

Con la punta de la lengua rozo tu clítoris y lo masajeo de derecha a izquierda y de arriba a abajo. Sé que te gusta. Te doy un golpecito con la lengua para escuchar otro gemido y ver cómo el agua va creando olas al mismo ritmo que se mueve tu cuerpo.

A continuación paso a lamer tu sexo mientras con mis manos continúo agarrando fuertemente tus nalgas y empujando tu entrepierna hacia mi cara. Notas la presión de mis manos en tus nalgas, cómo te sujetan y te impiden escaparte. Pero no piensas en marcharte. Todo lo contrario. Notas como dentro de tí te vas empapando poco a poco. Cómo tu fluido va resbalando desde el fondo de la vagina.

Habías hecho sexo oral otras veces pero como ésta no recordabas ninguna. En este momento, es tal tu excitación que no puedes pensar en nada más que en follar.
Es un momento de pasión, de locura, de deseo desenfrenado. Estás notando como mi lengua va poco a poco penetrando más y más en tu sexo, cómo va abriéndose paso hacia el interior, hacia aquella zona que esta mañana te había tocado y que fué entonces cuando te corriste.

Lo estabas notando otra vez. Veias que te ibas a correr. Ni siquiera el mejor de tus consoladores era capaz de provocarte esos orgasmos.

Suelto una mano para cogerte un pecho y masajearlo mientras con la otra sigo empujando fuertemente tus nalgas hacia mi cara. Tus gemidos han aumentado así como tu respiración. Tu cuerpo se convulsiona en el agua. Sigo a pesar de que me dices que te vas a correr, que te folle, por favor, ahora sí, fóllame por lo que más quieras. Pero no te hago caso. Mi lengua está dentro de tí, masajeando las paredes mientras con la puntita rozo esa zona dura que hace que te corras una y otra y otra vez.

Entonces sueltas tus manos para sujetarte a mi cabeza. Abres los ojos y mirándome fijamente me dices que te haga tuya, que deseas que te penetre. Al mismo tiempo tus piernas se abrazan fuertemente a mi cadera y aprietas tu cuerpo con el mío. Noto tus pechos aplastados, cómo tus pezones siguen fuertes. Nuestras bocas se encuentran y las lenguas se funden. Son como los apéndices de dos seres que están deseosos el uno del otro.

La presión de tus piernas empuja mi cadera hacia tu entrepierna y entonces mi pene roza tu clítoris. Lo notas. Está duro. De hecho, desde esta mañana estoy ansioso por penetrarte. Notas como poco a poco se va abriendo paso. Un sentimiento dentro de tí te hace recordar lo que ha ocurrido hace apenas una hora. Y lo notas, notas como pasa rozando esa zona dura que te hace excitarte hasta la locura. Te doy un pequeño empujón y es ahí donde sientes que te he penetrado hasta el fondo. Como a tí te gusta. Tu cuerpo te lo estaba pidiendo. Llevabas así desde que estuvimos en el parking.
Nuestros cuerpos comienzan a moverse. Primero poco a poco y luego aumentando el ritmo. El agua de la piscina va creando olas cada vez más grandes al mismo tiempo que nosotros aumentamos el ritmo. Cierras los ojos y escucho como tus gemidos aumentan de nuevo. Me dices que siga, que no pare, que continúe así, hasta el fondo. Que entre y que salga, que te roze como a tí te gusta.

Somos como un solo cuerpo movido al mismo compas por un único motor. El del deseo más irrefrenable que pueda existir de dos seres que se atraen. De dos mentes que están pidiendo más y más y más y más y más hasta que los dos soltamos un gemido que suena al unísono.

Nuestros cuerpos siguen abrazados mientras nos dejamos mecer por las olas que hemos creado en la piscina.

Te sueltas y te diriges hacia la escalerilla. Sales del agua y veo tu cuerpo ondulado. Como una sirena que ha salido del líquido elemento. Unos mechones de tu cabello rozan tus pechos. Es entonces cuando me dices: bueno, qué!, ¿me vas a enseñar el resto de la casa?.
Continuará...

2 comentarios:

Mi lado oscuro dijo dijo...

si,si...bienvenido al club.
solo que tuve un "Deja Vu", entre esta historia y la anterior..hay cierta descripción, que se repite.
Cuida eso!

Por lo demas..ta bueno..kiero mas!

beso.

splash!...me pasas la toalla?
(me tire a la piscina)

Karlos dijo...

Has visto cierta semejanza porque me inspiré en ella, en la misma musa, para elaborar este relato y el de la Terminal.

Lo siento, pero no tengo toallas en la piscina. Me gusta que nos sequemos con el calor que emana de los sentimientos.

Un beso muy grande para tí.