11 septiembre 2006

Y volé, volé alto

Por fin pude Volar.

Últimamente andan mis huesos soportando una pesada carga que no me deja dormir, que no me deja vivir. Tengo que hacer algo diferente, distinto. He de relajar mis hormonas que están bastante excitadas desde que decidí mantener mi abstinencia hasta que algún día pueda volar con Ella.

Luce un sol radiante, el cielo azul y yo aquí deseando volar. Y Ella, ¿dónde estará? ¿qué estará haciendo en este instante? Cómo me gustaría ser pájaro para poder volar, volar y surcar los cielos hasta llegar a su ventana y verla despertar.

Antes de acabar de volverme loco como un cencerro decido intentar volar. Es viernes y aún no hay mucho tráfico así que me subo al coche y me dirijo al aeródromo, ese pequeñito que está en la zona Norte. Allí encuentro a un grupo de Dédalos, de esos locos enamorados del viento que con sus pequeños artefactos surcan los cielos. Reconozco a uno de ellos y le convenzo para que subamos allá arriba, allá a lo alto. Hoy quiero sentirme pájaro y volar.

El ultraligero tiembla al arrancar el motor que mueve la hélice que tengo a mis espaldas. Siento su fragilidad, noto como todo se mueve y como comienza a traquetear por el campo. Empujamos el mástil que sujeta esa especie de ala delta que nos va a sustentar y despegamos. Primero rápidamente para alejarnos de las copas de los árboles y luego despacio, intentando coger alguna térmica para saborear el ascenso.

Allá arriba me siento bien. Me gusta sentir el aire en la cara, fresco, puro, como si fuese su aliento. Me encanta esa sensación de estar flotando. Me relaja y al mismo tiempo me abstrae en mis pensamientos.

Seguimos subiendo más y más y yo desearía tener mis propias alas, como el mismísimo Ícaro para poder continuar volando alto, más alto y más allá, hasta sentir la brisa del mar en la cara.

Es una sensación difícil de explicar. La fragilidad del artefacto, el ronroneo de la hélice cuando la ponemos al ralentí para dejarnos planear, el sentir cómo nos elevamos con la fuerza de una térmica, el aire fresco, puro… y el poder verlo todo ahí debajo, pequeñito, como si fuésemos pájaros.

No tiene nada que ver con volar en un avión. Sería como comparar una bicicleta con un camión. Tengo un amigo un poco loco, como yo, que me está tentando para que pruebe el parapente. No sé, quizás lo intente. Todo se andará. Mejor, dicho, todo se volará.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Volar en ultraligero..., una deliciosa y excitante mezcla entre el miedo y la libertad.
Cambia absolutamente la perspectiva y hace que tus pensamientos ocupen otra dimensión.
Muy recomendable.